FRESILINDA Y EL JARDÍN MÁGICO - María Fernanda Macimiani©
Todos los Derechos Reservados a su autora.
Había una vez, un jardín de flores de brillantes colores
y plantas de hojas muy raras. Todas parecían
pintadas. Pero en el fondo allá muy lejos donde nadie
jamás llegaba, se encontraban las plantas de frutillas
desparramadas por el suelo perfumando el aire con su dulce aroma.
Este no era un simple matorral de frutas silvestres,
era el último refugio de frutillas especiales. Sí, muy especiales
y una de ellas mucho más, se llamaba Fresilinda,
traviesa y aventurera, se metía de lío en lío. Eran
las únicas frutas que podían hablar, pensar y hasta
salirse de sus plantitas y volver para dormir.
Habían logrado estas virtudes hacía muchos años,
cuando una bella Hada salida de algún cuento se emocionó
al ver esas plantas tan verdes, con frutillas tan
rojas y se le ocurrió cambiarles la vida. Dijo las palabras mágicas:
“¡Peras, uvas y manzanas serán las frutillas las encantadas!
¡Qué ningún hombre descubra su reino y seguirán
siempre libres viviendo!”
Y desapareció entre las nubes.
Desde entonces han vivido como lo hacen las personas:
unas trabajan, otras cuidan a las más pequeñas,
otras vigilan que todo marche bien y las más chiquitas
hacen travesuras como todos los chicos.
Pero hoy les voy a contar lo que le ocurrió a Fresilinda por distraída:
Una mañana de septiembre el sol sonreía como
siempre y saludaba con sus rayos a las plantas del
Jardín Mágico. Que se llamaba así desde la visita del Hada misteriosa.
La graciosa frutilla jugaba con sus amigas debajo
de una gran hoja, cuando vio pasar una mariposa que
volaba orgullosa de aquí para allá. Tan linda era que
Fresilinda no pudo dejar de seguirla y así lo hizo por
largo rato, sólo mirando las piruetas de las alas multicolores.
De repente no la vio más, se había escabullido
entre las margaritas florecidas.
En ese momento la frutillita se dio cuenta de que
no conocía el lugar, tenía prohibido alejarse del Jardín
Mágico y sin pensarlo había caminado largo rato. Lloró
un poquito y trató de encontrar el camino de regreso.
Todo fue inútil, sola no podía regresar.
—¡Buenas tardes señorita! —le dijo un elegante gusano
que vestía corbata, sombrero y guantes, mientras la observaba.
—Hola—contestó triste la pequeña.
—Soy Dongusano y conozco bien este territorio, si
quieres te puedo ayudar a encontrar tu casa.
Fresilinda estaba muy apurada por ir con su mamá
así que confió en el apuesto Dongusano. Comenzaron
a caminar, trotar y correr entre los pastos hasta que
¡Pruum, Pruum! chocaron con una enorme montaña de tierra.
—¡No, no es posible! Este es el hormiguero de Hormiganegra
la más malhumorada de los alrededores —
dijo Dongusano asustado.
De un salto salió del hormiguero una fea hormigota
con largas antenas y cara de pocos amigos:
—¿Quién se atreve a molestar en horario de trabajo?
¿Creen que tengo tiempo para perder? ¡Psss, psss!
¡Fueeeeeeera!
Y corrieron escapando hasta que… ¡Puc, puc! esta vez
tropezaron con algo muy duro y cayeron sentados. Fresilinda
ya cansada, de tanto susto no podía creer lo que
veía, era un enorme caracol, todo adornado como una
casa, con una pequeña ventana, flores y hasta chimenea.
—Debe estar abandonado —pensó, pero lentamente
salieron de la casita unos ojazos y después la cabeza
de un viejo caracol que amablemente los saludó:
—Buenos días amigos, ¿qué están buscando? Soy Grancaracol.
Dongusano le contó y Grancaracol lo oyó con cara
de aburrido aunque estubiera muy atento.
—Bueno, bueno y tú preciosa, ¿extrañas a tu familia?
—preguntó y Fresilinda con sus ojitos nublados, le
dijo que extrañaba mucho a su mamá.
—¡No perdamos tiempo y súbete! queda mucho por
andar hasta llegar al Jardín Mágico.
Dongusano la ayudó a subirse al techo del caracol y
le deseó mucha suerte:
—¡Hasta pronto y ten cuidado Fresilinda!
Después de un largo paseo, Fresilinda le preguntó a Grancaracol:
—¿Cómo sabes que vivo en el Jardín Mágico? ¿Acasolo conoces?
—“Por supuesto”—dijo sonriente el viejo caracol:
—Hace mucho tiempo, cuando yo era un joven caracolito
seguí un aroma dulce que me llevó hasta un jardín
que parecía pintado con miles de adornos colorados, eran
frutillas y no pude resistir las ganas de morder una y…
—¿Te comiste una frutilla especial? —preguntó Fresilinda muerta de miedo.
—¡No! Al morder, la frutilla gritó como loca y todas
las que estaban durmiendo se abalanzaron sobre mí y
me dieron patadas y golpes defendiendo a su amiga.
Me asusté tanto, que me deslicé tan rápido que parecía
una lagartija y jamás volví a probar una frutilla. Tranquilízate
sólo quiero ayudarte, nunca pude olvidar el camino a ese dulce jardín.
Sin darse cuenta ya habían llegado y su mamá la
estaba esperando muy triste. Al verla Fresilinda brincó
sobre su madre prometiendo que no volvería a alejarse.
Mamá frutilla la abrazó fuerte y la llenó de besos
y besitos, agradeció a Grancaracol su buen gesto y lo
invitó a regresar las veces que quisiera y a tomar un
té de flores de manzanilla… para olvidar viejos enojos.
Basta para vos
Basta para mí
este rico cuento
llegó a su fin.
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También fue publicado:
En España por Editorial Naos Media http://www.naosmedia.es/ formato Ebook en Amazon año 2012.
En Puerto Rico por editorial Panamericana INC. Serie Huellas Serie de Español para escuela elemental 2008.
En Argentina CD de Cuentos y canciones para ir a dormir, Oídos Soñadores, por la Legión de la Buena Voluntad miembro de la ONU, Estudio Martín Carrizo año 2002.
Cuento publicado con autorización de la autora en diversas revistas educativas e infantiles, impresas y virtuales. Cuento que también fue trabajado en escuelas de teatro para su dramatización como en escuelas primarias. Se ha representado en teatros de Chile por varias temporadas.
Como cualquier otro contenido del sitio, este cuento tiene derecho de autor y queda prohibido su uso comercial de cualquier tipo y soporte sin el permiso por escrito de la autora.
FRESILINDA Y EL JARDÍN MÁGICO
Fragmento del Cuento de María Fernanda Macimiani ©
Había una vez, un hermoso jardín de flores de brillantes colores y plantas de hojas muy raras, todas parecían pintadas.
Pero en el fondo allá muy lejos dónde nadie jamás llegaba, se encontraban las plantas de frutillas todas desparramadas por el suelo y por el aire su dulce aroma.
Este no era un simple matorral de frutas silvestres, era el último refugio de frutillas especiales. Sí muy especiales y una de ellas más que todas, se llamaba Fresilinda y era la más traviesa, siempre estaba buscando nuevas aventuras y se metía de lío en lío. Estas eran las únicas frutas que podían hablar, pensar y hasta salirse de sus plantitas y volver para dormir.
Habían logrado estas virtudes hace muchos años cuando una bella hada perdida de algún cuento se emocionó al ver esas hermosas plantas tan verdes y con sus frutillitas tan rojas y se le ocurrió cambiarles la vida. Así dijo sus palabras mágicas:
-¡Peras, uvas y manzanas serán las frutillas las encantadas!
¡ Que ningún hombre descubra su reino y seguirán por siempre libres viviendo!-
Y desapareció entre las nubes.
Desde entonces han vivido como lo hacen las personas, unas trabajan, otras cuidan a las más pequeñas, otras vigilan que todo marche bien y las más chiquitas hacen travesuras como todos los chicos.
Pero hoy te voy a contar lo que le ocurrió a Fresilinda por ser muy distraída. Una mañana de primavera el sol sonreía como siempre y saludaba con sus rayos a todos las plantas que habitaban el Jardín Mágico, así se llamaba este lugar desde la visita de el hada misteriosa. La graciosa frutilla jugaba con sus amigas debajo de una gran hoja cuando vio pasar una mariposa que volaba orgullosa de aquí para allá , tan linda era que Fresilinda no podía dejar de seguirla y así lo hizo por largo rato solo mirando las alas multicolores de la mariposa. De repente no la vio mas, se había escabullido entre las margaritas que estaban todas florecidas y muy grandes.
Nueva versión publicada en 2015 en el libro ilustrado HISTORIAS QUE SALPICAN y te llevan donde todo es posible. Consultá como conceguirlo: fernanda@leemeuncuento.com.ar
